El Salvador es conocido como "El pulgarcito de América". Un país del tamaño de la provincia de Badajoz pero que encierra unos paisajes majestuosos que van desde las playas azotadas por el furor del Pacífico hasta su cordillera volcánica que conforma un tupido bosque tropical. No obstante, hasta hace cinco años casi no recibía viajeros. Era extremadamente peligroso.
¿Un milagro?
Para la mayoría de salvadoreños, así es. Pero los milagros tienen un costo. La fórmula mágica de Bukele fue declarar el estado de excepción, invertir muchísimo dinero en policía y ejército y meter en una macro cárcel, construida exprofesa, a todo el que tuviera la más mínima relación con las maras. Todo el mundo opina que la mayoría de los presos, decenas de miles, son mareros. Pero también se reconoce que un cierto porcentaje son personas que estaban en el lugar equivocado en el momento equivocado, que tenían un tatuaje sospechoso, que han sido denunciados anónimamente o algún otro golpe de mala fortuna. Pero lo cierto es que, incluso admitiendo eso, la mayoría de los salvadoreños adoran a su presidente. Por fin son libres para vivir sin miedo y están entregados a su Salvador: Bukele.
El 1 de junio fue la toma de posesión de su segundo mandato. Reelección prohibida por la constitución pero celebrada igualmente por la mayoría de salvadoreños. Yo no podía perderme ese momento. Me sorprendió la entrega del pueblo, sobre todo en la promesa final que Bukele les pidió y ellos gritaron a coro, pese a incluir frases mesiánicas como: "Juramos nunca escuchar a los enemigos del pueblo". Y me pregunto yo ¿quienes son los enemigos del pueblo? ¿Tal vez yo por escribir esto?
Debo admitir que la entrega y agradecimiento de gran parte de su pueblo me parece genuina y comprensible. Pero también es bueno saber más de un líder que ya se mira como ejemplo a seguir desde una gran parte de Latinoamérica e incluso desde la ultraderecha española. Un amigo me pasó un podcast sobre Bukele que me pareció muy interesante para entender más sobre este personaje que creo que aun le queda mucho por hacer e influir, dentro y fuera de El Salvador.
Así que visité El Salvador con la calma que me gusta. Me sorprendió la amabilidad de la gente. Es cierto que en Centroamerica las personas suelen ser mucho más cercanas y comunicativas que en Europa, pero en El Salvador encontré una alegría colectiva y un agradecimiento al visitante que se interesa por su país después de tantos años oscuros. Esa misma alegría la había encontrado ya en Colombia en 2018. Es la alegría de perder el miedo y por fin poder disfrutar de su propio país y compartir generosamente con el visitante su cultura que ha subsistido y ahora florece.
Yo disfruté mucho de la capital, donde pasé dos semanas. Afortunadamente creo que mis problemas con las ciudades han quedado atrás y, aunque la naturaleza sigue siendo mi prioridad al explorar un país, cada vez me siento más cómodo en las urbes. Sobre todo cuando sus habitantes son tan amables y cercanos como en San Salvador.
Resulta ser la misma historia que ya había conocido en Guatemala: un pueblo extremadamente empobrecido y casi esclavizado por un gobierno siguiendo los intereses de unos pocos dueños de la tierra, unos grupos de campesinos que prefieren morir luchando a morir explotados y a los que los medios de comunicación denominan guerrilla terrorista anticapitalista y un ejercito entrenado y financiado por Estados Unidos que no quiere otra Cuba o Nicaragua en lo que considera su zona de influencia o, directamente, sus dominios. Tanto en Guatemala como en El Salvador, la actuación del ejercito fue atroz. No sólo por el numero de asesinatos de la población campesina, sino por cómo se produjeron muchos de ellos.
Pero Perquín también me regaló una naturaleza deslumbrante y una gente rural de una amabilidad extrema.
El 21 de junio comienza el verano y yo tomo un avión para Canadá. Ahora que el tiempo lo permite quiero ver ese mítico Norte aislado y que aún conserva su esencia original. Dejo Centroamérica después de seis meses. Supongo que voy a echar de menos la cercanía de sus gentes y la posibilidad de acercarme a ellos desde una cultura compartida. Han sido meses muy bonitos. Es un privilegio poder conectar con casi un continente completo con el que tenemos muchos más puntos de unión que de separación. No obstante me extraña ver a más franceses, alemanes, ingleses, holandeses que a españoles. Creo que no somos suficientemente conscientes del privilegio que es compartir unas raíces culturales y una lengua.
Cuando salí de España pensé que iba a recorrer todo Centroamérica, pero solo he tenido tiempo para la mitad. Así es como me ha gustado hacerlo. Me voy muy satisfecho de mi periplo centroamericano que algún día me encantará completar.

































































